viernes, 20 de mayo de 2011

necesito tu calor

Agotada salió de las profundidades de un bosque desconocido. Miró hacia adelante: un ancho y luminoso camino se presentaba ante sus ojos, invitándola a adentrarse en él, prometiendo felicidad y pocos problemas. Conocía ese camino, pero nunca se había animado a cruzarlo. "Demasiado bueno, algo debe esconder", pensaba siempre. Pero esta vez, sin dudarlo, su cansancio decidió por ella. Pisó el camino. Sintió un alivio enorme. Miró hacia adelante: llano y liso, tranquilo y soleado, sin un atisbo de algún obstáculo futuro. "Perfecto. Hermoso. Tranquilo", pensó ella.
Caminó unos minutos, unas horas, unos días. Nada pasó. El camino prometía algo bellísimo del otro lado, y cuanto más tiempo pasaba recorriéndolo, menos podía esperar para terminarlo.
Comenzó a correr, desesperada por una muestra, una pequeña ración de lo que recibiría después del forzoso recorrido, que, por más tranquilo que fuese, la agotaba. La soledad la agotaba. La tranquilidad daba vuelta su mente.
Corrió y corrió, más nada cambió. La misma tranquilidad de siempre. El sol empezaba a encandilar sus ojos. Estaba harta ¿de que servía una promesa de algo tan maravilloso si debía esperar tanto para conseguirlo? La impotencia la vencía. La agotaba. Perdía fuerzas con sólo pensar en lo cerca, y lo lejos que estaba al mismo tiempo.
Harta, dejó caer su cuerpo en la tierra. Dejó que el sol, que parecía algo tan agradable en un principio, quemara su piel y sus ojos. Dejó que la nada la abrigara. Dejó que el vació de sonido la deleitara. Con los ojos fijos en el cielo. Sin pestañear. Sin moverse. Sin pensar.
Era cómico observarla. Pobre ingenua. Alguien debería haberle advertido que no hay caminos cortos y fáciles.

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