El águila protegía a sus pequeñas crías. Las sobreprotegía, mejor dicho. Prácticamente no las dejaba vivir.
Las queridas luces de su vida eran dos: una muy mansa, que, a pesar de no acordar con las decisiones de su madre, obedecía sin protestar; y otra muy segura de sí misma, cegada por la visión de su progenitora. Ya fuera por decisión propia, o por costumbre, acordaba siempre con ella.
Tanta sobreprotección llevó al águila a pensar sólo en su familia. No dejaba a sus crías congeniar con otros seres. Y si estas osaban desobedecerla, eran duramente castigadas.
No estaba bien relacionarse con otros. No con lo más débiles. No con los diferentes.
El águila solía prejuzgar bastante, también. Su cría más débil lo notaba, y trataba de no seguir su ejemplo.
Pero su fiel seguidora la imitaba, y la acompañaba en sus habituales charlas sobre lo inferiores que eran los demás.
La ardilla observaba estas actitudes desde su árbol. No entendía cómo habían llegado a ser así las crías del águila. "Solíamos ser amigos" pensaba con nostalgia "ahora sólo se ríen de mí".
Era todo culpa de la madre, o eso creía. Les había lavado la cabeza. ¿O no? Sólo le siguen la corriente. Sus amigos no le harían eso. Y no cualquier amigo, a pesar de no haber hablado últimamente, habían sido sus mejores amigos esos dos aguiluchos.
Volvió a escuchar risas, y vio cómo la miraban. No era su culpa ser más débil. No era su culpa ser diferente.
No pedía su amistad de nuevo. Pedía al menos su respeto; lo tenía bien merecido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario