Podés ver la puerta entrecerrándose. Hay una luz del otro lado que te atrae tanto como un bar a un alcohólico.
Se cierra lentamente. Sabés que estás perdiendo tu oportunidad de llegar a esa tan codiciada luz y, a pesar de no saber lo que es vivir del otro lado, deseás más que nada poder pasar un segundo antes de que se cierre por completo, como en esas estúpidas películas de acción llenas de clichés cinematográficos.
Pero sos realista. Cada segundo que pasa te convence más y más de que nunca vas a llegar. Y sin ninguna explicación coherente, tampoco te movés. Sólo sos un expectador pasivo de tu propio fin.
En un punto reaccionás y avanzás unos pasos hacia la puerta. De lejos echás una ojeada a la luz.
Podés ver que es considerablemente mejor y más atractiva de lo que creías, pero de repente lo que estabas contemplando con tanto interés desaparece.
Y ahí entendés todo. La puerta se cerró por completo. No hay forma de penetrar el otro lado ya. Con desesperación intentás abrirla con tus propias manos. No tenés la fuerza suficiente.
Rendido, te sentás en la oscuridad a esperar que se abra de nuevo (cuánta ingenuidad).
miércoles, 20 de abril de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
I may be paranoid, but not an android
El águila protegía a sus pequeñas crías. Las sobreprotegía, mejor dicho. Prácticamente no las dejaba vivir.
Las queridas luces de su vida eran dos: una muy mansa, que, a pesar de no acordar con las decisiones de su madre, obedecía sin protestar; y otra muy segura de sí misma, cegada por la visión de su progenitora. Ya fuera por decisión propia, o por costumbre, acordaba siempre con ella.
Tanta sobreprotección llevó al águila a pensar sólo en su familia. No dejaba a sus crías congeniar con otros seres. Y si estas osaban desobedecerla, eran duramente castigadas.
No estaba bien relacionarse con otros. No con lo más débiles. No con los diferentes.
El águila solía prejuzgar bastante, también. Su cría más débil lo notaba, y trataba de no seguir su ejemplo.
Pero su fiel seguidora la imitaba, y la acompañaba en sus habituales charlas sobre lo inferiores que eran los demás.
La ardilla observaba estas actitudes desde su árbol. No entendía cómo habían llegado a ser así las crías del águila. "Solíamos ser amigos" pensaba con nostalgia "ahora sólo se ríen de mí".
Era todo culpa de la madre, o eso creía. Les había lavado la cabeza. ¿O no? Sólo le siguen la corriente. Sus amigos no le harían eso. Y no cualquier amigo, a pesar de no haber hablado últimamente, habían sido sus mejores amigos esos dos aguiluchos.
Volvió a escuchar risas, y vio cómo la miraban. No era su culpa ser más débil. No era su culpa ser diferente.
No pedía su amistad de nuevo. Pedía al menos su respeto; lo tenía bien merecido.
Las queridas luces de su vida eran dos: una muy mansa, que, a pesar de no acordar con las decisiones de su madre, obedecía sin protestar; y otra muy segura de sí misma, cegada por la visión de su progenitora. Ya fuera por decisión propia, o por costumbre, acordaba siempre con ella.
Tanta sobreprotección llevó al águila a pensar sólo en su familia. No dejaba a sus crías congeniar con otros seres. Y si estas osaban desobedecerla, eran duramente castigadas.
No estaba bien relacionarse con otros. No con lo más débiles. No con los diferentes.
El águila solía prejuzgar bastante, también. Su cría más débil lo notaba, y trataba de no seguir su ejemplo.
Pero su fiel seguidora la imitaba, y la acompañaba en sus habituales charlas sobre lo inferiores que eran los demás.
La ardilla observaba estas actitudes desde su árbol. No entendía cómo habían llegado a ser así las crías del águila. "Solíamos ser amigos" pensaba con nostalgia "ahora sólo se ríen de mí".
Era todo culpa de la madre, o eso creía. Les había lavado la cabeza. ¿O no? Sólo le siguen la corriente. Sus amigos no le harían eso. Y no cualquier amigo, a pesar de no haber hablado últimamente, habían sido sus mejores amigos esos dos aguiluchos.
Volvió a escuchar risas, y vio cómo la miraban. No era su culpa ser más débil. No era su culpa ser diferente.
No pedía su amistad de nuevo. Pedía al menos su respeto; lo tenía bien merecido.
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